Está apareciendo actualmente una simpática campaña de publicidad de Mitsubishi outlander. Sobre todo en algunos de los spots televisivos:
Pero al escuchar una de las cuñas emitidas por radio (oir aquí) me surgen dudas acerca de un viejo debate: «la educación en la publicidad», o más bien «¿la publicidad educa?», o tal vez «¿educa bien la publicidad, o más bien maleduca?…
No cabe duda de que, aunque no lo pretenda, una buena campaña tiene tal capacidad de persuación que puede modificar hábitos, establecer modas o cambiar conceptos o ideas en la población (al margen de la influencia en la decisión de compra, por descontado).
La publicidad propone en «sus historias» modelos de comportamiento (buscados o no). Cuanto más éxito obtenga determinada campaña mayor será el poder y la influencia de ese modelo de comportamiento.
Volviendo a la campaña de Mitsubishi, concretamente en las cuñas de radio, el personaje protagonista se me antoja una persona odiosa, egocéntrica, superficial, consumista hasta niveles paranoides, en fin… un mal ejemplo.
Dicho esto, lanzo algunas preguntas al aire para quien quiera entrar a debatir: ¿Un publicista o agencia debe renunciar a una idea excelente que cumpla todos los requisitos exigidos en el briefing de una campaña si la propuesta conlleva modelos de comportamientos despreciables o cuando menos dudosos? ¿Debe de proponerle la campaña al cliente y que sea éste quien aplique sus criterios éticos para aceptar o rechazar la idea? ¿O debe de ignorar tales cuestiones y ceñirse a crear una campaña que venda lo mejor posible el producto y punto?